No íbamos a publicar mucho este verano, pero supongo que en medio de esa reflexión me tocó de fondo este artículo y por si alguien no llegó a él, deseo compartirlo:
La peatonal calle Burgos, popular, populosa y nexo entre dos zonas céntricas y comerciales de Santander, es un lugar improvisado de encuentros, comadreos y escuchas fortuitas de conversaciones ajenas. De este modo, un día, sin querer, seguí la conversación de un niño hispano con su madre. Ella se dirigía a su trabajo tirando de su hijo que se hacía el remolón y protestaba. No entendía por qué tenía que ir a la tarea de su madre al finalizar 'el cole'. La madre le animaba ¿vamos, vamos! que tenemos que ganar dinero. 'Dinero', palabra mágica. El pequeño (de unos siete años), se puso a la cabeza de la expedición mientras demandaba la compra de: una cazadora con hebillas, un móvil, una play a cuenta del supuesto salario que su madre iba a percibir.La escena me retrotrajo veinticinco años cuando nuestros niños se iniciaron en el consumo de: juguetes, ropa y cachivaches con el beneplácito y justificación de los adultos, a la voz de 'que no les falte a ellos lo que nosotros no pudimos tener'. Y una imagen vale más que mil palabras y los niños inmigrantes quieren participar, al igual que los del país, en la rueda del consumo.